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Los bosques nativos de Chile se expandieron y desarrollaron en refugios de la Cordillera de la Costa y de los Andes, creados durante la última glaciación, hace más de 10.000 años, y permanecieron inalterados hasta la llegada de los colonizadores en el siglo XVI. Los primeros colonos quemaron extensas áreas de bosques nativos con el fin de establecerse y para evitar que los bosques fueran utilizados como escondite por los indígenas en los duros enfrentamientos de las campañas de conquista. La necesidad de habilitar terrenos para uso agrícola tuvo un fuerte impulso a partir del siglo XVII, con el paulatino aumento de la población y la creación de un número importante de asentamientos humanos. Los primeros asentamientos humanos dieron paso a caseríos, aldeas, pueblos y ciudades, con un creciente dinamismo demográfico y económico, y cada vez más extensas áreas urbanas, que hubo que conectar mediante caminos y después carreteras. Todas ellas actividades que contribuyeron a la disminución del bosque nativo, explotado de forma intensiva y no sustentable para obtener la madera requerida para construcción. En paralelo, la creciente demanda de leña afectó los bosques nativos al sur de la Región del Maule. La leña ha sido el combustible de calefacción del sur chileno durante siglos. En el siglo XIX, grandes áreas con bosques de Alerce en la Depresión Intermedia de la Región de Los Lagos fueron destruidas por incendios deliberados provocados por colonos para la habilitación de terrenos para uso agrícola. En Chile Central, árboles de Palma fueron explotados, por su savia, de manera no sustentable; se estima que ello causó una fuerte reducción en su población, conformada por 124.00 árboles en nuestros días.
A mediados del siglo XX, el auge en el cultivo del trigo provocó la eliminación de extensas áreas boscosas en la Cordillera de la Costa de las Regiones del Maule y del Bío-Bío. Por otra parte, los incendios forestales que afectan al bosque nativo, han sido provocados, en su totalidad, por la acción del hombre.
El resultado general del cambio del uso del suelo que se ha llevado a cabo desde el siglo XVI, ha sido la producción de un paisaje altamente fragmentado, en el cual muchos bosques y hábitats nativos se han visto reducidos, aumentando su aislamiento y propiciando su vulnerabilidad a la destrucción. Dicha fragmentación es también una de las amenazas más grandes para la fauna nativa chilena, particularmente para los mamíferos y aves que necesitan grandes áreas de bosque inalterado para sobrevivir. La desaparición de extensas zonas de bosque nativo, sumado a un uso agrícola y ganadero intensivo, condujo a una acelerada erosión de los suelos. A mediados del siglo XX, la amenaza de la desertificación se había extendido por la costa de las Regiones del Maule y La Araucanía.
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